SáBADO, 11 DE FEBRERO DE 2012 





21. Vol. 8 (6)

OCTUBRE 2005

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 1575-0965

Editorial

El reto de la formación del profesorado en el contexto de la convergencia europea


No es fácil encontrar referencias al profesorado universitario y al papel que ha de desempeñar en los documentos que van configurando el proceso de convergencia europea de la educación superior. Si las referencias al profesorado son escasas, son inexistentes las alusiones a la formación pedagógica del mismo. Parece que la colaboración de la universidad para lograr una economía competitiva o la relación entre universidad y empresa fueran temas en los que se pueden agotar páginas, pero que el profesorado y su formación, por el contrario, no fueran cuestiones que merecieran una sola línea.

Sin embargo, existe una amplia literatura pedagógica sobre la necesaria transformación del profesorado universitario para lograr una reforma en la que el aprendizaje del estudiante sea el centro del sistema. Como reconocen los autores que han abordado esta cuestión, esta reforma implica una intensificación del trabajo docente, pues las funciones del profesorado universitario ya no pueden limitarse –no debieron limitarse nunca- a la tradicional y extendida lección magistral. Los autores hablan de un nuevo rol docente, caracterizado porque el profesor se convierte en  gestor del conocimiento, mediante el diseño y la organización de situaciones de aprendizaje; el ofrecimiento de recursos para buscar, sistematizar e interpretar la información; la disposición de los entornos de aprendizaje para desarrollar el autoaprendizaje del estudiante; la orientación y la tutorización académica y profesional de su alumnado

Estas funciones delimitan un perfil docente ciertamente escaso hoy en nuestras aulas universitarias. Es lógico: nada de ello se pide para iniciarse como profesor ni  para configurar la carrera profesional del profesor universitario. En nuestra universidad está muy extendida la consideración de  la docencia como un complemento a la investigación. Claro que siempre hay personas que, por responsabilidad y por decisión personal, ponen la ilusión y el empeño necesarios para desarrollarla de manera efectiva y la someten a procesos de revisión sistemática para  buscar alternativas de mejora.

La formación en ejercicio para la docencia sigue la misma pauta: es voluntaria y también escasamente valorada, aunque es preciso reconocer que, poco a poco y con más lentitud de lo necesario, se va reconociendo la importancia de esta formación docente para el desarrollo profesional docente e incluso asoma tímidamente en los mecanismos de selección y evaluación del profesorado universitario.
Quizá la novedad más importante de este proceso de convergencia europea sea el rescate de un viejo concepto pedagógico, seña ya de la denominada Escuela Nueva: el diseño del proceso didáctico se tendrá que plantear desde la perspectiva del sujeto que aprende. En otras palabras,  la planificación surge desde la consideración de las necesidades y deficiencias formativas de los estudiantes y con vistas a la consecución de unos determinados objetivos de aprendizaje formulados, eso sí, mediante el polémico concepto de competencias. Por eso, las funciones del profesor o profesora contienen, inevitablemente, el pensamiento y la organización de las situaciones de enseñanza, lo que implica definir las actividades que van a realizar los estudiantes y el rol que desempeñará el profesor, así como concretar los medios necesarios y organizar la secuencia de aprendizaje. Es obvio que para ello se necesitan conocimientos firmes y fundados sobre procesos de aprendizaje, sobre la organización de la interacción didáctica, sobre una amplia variedad metodológica, sobre la motivación del estudiante y sobre el desarrollo de la capacidad de aprender a aprender. Por supuesto, se necesita también que el profesorado propicie una evaluación formativa, muy distinta de la mera calificación tan predominante hoy.

En cualquier caso, este emergente movimiento de apreciación de la formación docente del profesorado universitario, limitado por ahora a lo teórico, no puede agotarse en meras enunciaciones de principios, en estéticas relaciones de buenas intenciones, sino que es preciso que se traslade a la normativa sobre selección y habilitación del profesorado y a los capítulos de gastos de los presupuestos de las administraciones educativas y de las propias universidades, pues, de lo contrario, se incumpliría una regla general: que todas las reformas educativas deben conllevar un debate sobre la formación del profesorado, pues las reformas parten del sensato principio según el cual no se puede modificar la educación sin cambiar los procedimientos mediante los que se forma al profesorado.

Es preciso, pues, aprovechar esta oportunidad de transformación universitaria y pasar a los hechos de una manera inmediata y diseñar de otro modo los procesos de formación, selección, evaluación y habilitación del profesorado universitario, de tal modo que la función docente pueda realizarse con eficacia y no desmerezca en nada de la tradicionalmente más valorada función investigadora.

El Consejo de Redacción