LUNES, 23 DE SEPTIEMBRE DE 2019 





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ABRIL 2005

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

Enseñar y Aprender Música


Son múltiples las definiciones que a lo largo de la historia se han dado al término «Música», hasta el punto de que, según Felip Pedrell, se podría escribir todo un volumen tan sólo con ellas. Es más, para comentarlas todas, se necesitarían docenas de volúmenes. Actualmente se ha atenuado la tendencia a dar definiciones, algo más frecuente entre los músicos y tratadistas del pasado. En su constante evolución, la música se escapa hoy, cada vez más, a una sola formulación capaz de abarcarla por completo.

No obstante, lo que parece indiscutible es el arraigo del hecho musical en nuestra tradición y cultura y quizá, en menor grado, en la educación y en la pedagogía de la música. Día a día, cobra más y mayor importancia el área de las enseñanzas artísticas en los sistemas generales de educación, por sus funciones específicas en la formación integral de las personas en todos sus niveles del desarrollo.

La pedagogía actual confirma, desde perspectivas rigurosamente científicas, la necesidad de diseñar modelos educativos multidimensionales, que contribuyan al desarrollo paralelo de todas las potencialidades del ser humano. La educación limitada al intelecto se ha demostrado insuficiente en algunos aspectos, mientras que se han conseguido mejores resultados cuando se abordan, además, las dimensiones afectivas y de relación interpersonal, y se ejercitan habilidades esenciales para el desarrollo de la personalidad.

En este contexto se sitúa la enseñanza de la música, que es la única disciplina que cubre simultáneamente el desarrollo de todas las dimensiones del ser humano. La educación musical, no la instrucción, despierta y desarrolla las facultades humanas. La universalización de la educación musical en Hungría hace unas décadas dio pie a un experimento que mostró estadísticamente cómo los alumnos mejoran su puntuación media en todas las materias cuando dedican más tiempo a la música. Se ha demostrado suficientemente que la música desarrolla la atención, la concentración, la memoria, la tolerancia, el autocontrol, la sensibilidad; que favorece el aprendizaje de las lenguas, de las matemáticas, de la historia, de los valores estéticos y sociales, y que contribuye al desarrollo intelectual, afectivo, interpersonal, psicomotor, físico y neurológico.

Otras investigaciones recientes, realizadas en los Países Nórdicos y en el mundo anglosajón, han seguido los pasos del modelo húngaro, llegando a las mismas conclusiones sobre los espectaculares efectos educativos de la música.

Aunque la interpretación musical individual, que abarca tanto a la madre que canta una nana como al cantautor contemporáneo, posee una amplia tradición y es, además, una fuente de placer, un canal de expresión emocional y un elemento de enriquecimiento personal, resulta innegable que la música, desde los orígenes de la civilización, ha estado íntimamente ligada a la interpretación en grupo. Hombres y mujeres de todos los pueblos se han reunido para cantar, tocar instrumentos y bailar, formando conjuntos que con el transcurrir de los siglos llegarían en muchos casos a profesionalizarse, hasta formar agrupaciones como las bandas o las orquestas sinfónicas.

La clase de música en la educación general participa de ese factor profundamente socializador, al cultivar y exigir, por su propia naturaleza, la coordinación en tiempo real de todos los alumnos del grupo. Ya sea en actividades de interpretación vocal, instrumental, de movimiento o de danza, la clase de música favorece y garantiza, en definitiva, el trabajo en grupo, frente al trabajo individual que caracteriza el estudio del resto de las materias. Los niños, adolescentes o jóvenes que cantan, tocan o danzan con sus compañeros, aprenden a escucharse y a sentirse a sí mismos, tanto como a los demás, lo que desarrolla en ellos de forma casi autónoma la valoración del grupo como actor, y el respeto a todos los compañeros en la tarea que les es común.

La música ocupa e invade nuestra vida cotidiana, constituyendo un elemento altamente socializador y cohesionador de las sociedades en las que tiene un componente lúdico y profesional. Aunque es verdad que la música no garantiza por si sola la construcción de buenas personas, resulta innegable que es un vehículo de comunicación con muchas prestaciones, de forma que la inmersión en el lenguaje artístico abre numerosas ventanas al desarrollo armónico e integral de la personalidad humana.

La clase de música es un lugar inigualable para fomentar la creatividad y, al mismo tiempo, para educar a los niños y jóvenes como consumidores, haciendo que sean oyentes críticos. En este sentido, los profesores de música tienen en sus manos la posibilidad de quebrar la uniformización cultural que imponen las multinacionales discográficas, de atender debidamente a la multiculturalidad, y de abrir las puertas a la diversidad y a la interculturalidad.

Así las cosas, debemos ser conscientes de las oportunidades que ofrece la educación musical en el siglo XXI y de los resultados que pueden derivarse de ella. Estamos hoy en un proceso de cambio, vertiginoso y profundo, de los sistemas educativos de toda Europa, y de España en particular, en todo el abanico de niveles de enseñanza, tanto en lo que se refiere a los adiestramientos obligatorios como a los postobligatorios. Un proceso de cambio que, a la vista de los borradores existentes y del Anteproyecto de Ley Orgánica de Educación del actual Gobierno español, pone en evidencia, una vez más, que las enseñanzas artísticas están siendo un tanto marginadas y desposeídas de esas cualidades que le son propias, y que son tan efectivas para el desarrollo social, cultural y económico de nuestra sociedad.

En cuanto a la formación del profesorado de música, tal y como se está diseñando dentro del Espacio Europeo de Educación Superior, nos enfrentamos a la desaparición de los títulos de Magisterio en Educación Musical y de Licenciado en Historia y Ciencias de la Música, quedando como apartados específicos dentro de una titulación más general. Por otro lado, tampoco se acaba de dar el espaldarazo definitivo a los Conservatorios Superiores de Música, que siguen sin tener una identidad propia, en tanto que centros de formación musical que expiden titulaciones de nivel superior.

Por todo ello, aunque buena parte del profesorado está afrontando con expectativas favorables y con ilusión los nuevos retos que representa la nueva frontera del 2010, ya tan cercana, la enseñanza de la música vive en estos momentos con cierta preocupación estos cambios en cadena. Es posible que cuando, como producto de la revisión y de la reconversión, todos aprendamos un poco más a aprender, la música no escape a ese efecto absorbente de las actuales turbulencias educativas. En cualquier caso, desde la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, queremos reivindicar, en el contexto de la convergencia europea, una formación musical sólida para la presente y para las futuras generaciones. En un mundo de mercaderes, cada vez más descaradamente neoliberal, mercantilista, materialista, tecnocrático, deshumanizado y deshumanizador, la música puede y debe jugar un papel muy relevante al servicio de los valores más elevados y espirituales del ser humano.

El Consejo de Redacción