MARTES, 18 DE JUNIO DE 2019 





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DICIEMBRE 2004

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

¿Una Universidad proyectada para una Europa sin proyecto?

No cabe duda de que los educadores, los intelectuales, los docentes, los investigadores, los sabios de la humanidad, han tenido y siguen teniendo claro que la Universidad debe estar al servicio de la sociedad. Cualquier diseño que se haga de Universidad debe tener en cuenta para qué sociedad quiere trabajar. Siendo así las cosas, cabe preguntarnos si la propuesta de Bolonia y los documentos posteriormente aparecidos tienen un claro destinatario. O dicho de otra manera, ¿en qué Europa piensa la Universidad que se proyecta desde Bolonia? ¿Tiene Europa un proyecto? ¿Qué presente y qué futuro se encierra en la Europa de los veinticinco? Si, por el contrario, el proyecto de Bolonia no tiene un claro contexto, no se entendería en sus justos términos el significado del proyecto. El significado de las palabras no se descifra, ni mucho menos se agota en su simple pronunciamiento. Cada palabra adquiere sentido dentro de una frase, dentro de un contexto. De tal manera que una misma palabra puede significar distintas cosas según dónde, cómo y entre quienes se pronuncie. Si el significado del contexto es confuso, está diluido, oscuro o sin determinar, los proyectos presentados para ese contexto adolecerán de la misma ambigüedad. En esas condiciones se haría imposible la interpretación o, sencillamente, la interpretación podría ser falsa. Así, por ejemplo, caso de que el contexto donde tendrá lugar el proyecto de convergencia fuera uno u otro, en los documentos alusivos al Espacio Europeo de la Educación Superior se podrían dar, entre otras, las siguientes confusiones: hacernos creer que cuando se habla de mezcolanza se quiere decir convergencia. Cuando en realidad (si no se cambian ciertas circunstancias organizativas, administrativas y evaluadoras) se aboga por la continuidad de la didáctica tradicional, se nos podría hacer creer que esos documentos se refieren a «reforma educativa» o «cambio revolucionario de metodologías didácticas». Cuando en verdad se habla del modelo de sumisión a los planes económicos oficiales, se podría camuflar subrepticiamente el modelo de competencias altamente universales y omniabarcantes. Cuando, de hecho, se hacen loas a la necesidad de acatar a la autoridad y de obedecer a las elites constituidas, la interpretación de estos planteamientos podría hacernos ver que se refieren a la democracia participativa. Para comprender, por tanto, las verdaderas intenciones de lo que se llama creación o convergencia del Espacio Europeo de Educación Superior, habrá que comprender previamente en qué Europa nos encontramos o a qué Europa se están refiriendo los autores de la propuesta sobre convergencia universitaria.

Será necesario, pues, para aclararnos sobre el auténtico significado de las declaraciones de París, Bolonia, Praga, Barcelona, Salamanca, Lisboa, Berlín, etcétera, que hagamos a continuación una pequeña descripción histórica de la Europa en que vivimos. Se impone la tarea de saber quién es quién.

Empezaremos recogiendo una afirmación de Edgar Morin: «entramos en una época en la que las certidumbres se desfondan. El mundo está en una fase particularmente incierta porque las grandes bifurcaciones históricas no se han tomado aún». Simón Nora, refiriéndose a Europa, concreta esa incertidumbre, diciendo que «nadie sabe hoy cuáles son las impulsiones del centro que desencadenan los despegues o la inversión». Una Europa cuya práctica de vida y cuya ética olvidan los valores, termina siendo un organismo cívico sin norte, sin conciencia de patria y sin ideales definidos. Por eso, hoy día, en un espacio dominado por la complejidad, el acto de comprender se convierte en una apuesta capital. Pero no es suficiente herramienta para desvelar el misterio de la complejidad, la americanización de la cultura que homogeneiza las costumbres occidentales, ni el desarrollo capitalista que transforma todo lo que toca en mercancía, ni la industrialización que estandariza todo lo que integra, ni la tecnoburocracia despersonalizadora, ni la urbanización a ultranza que atomiza a los sujetos en «masa solitaria» y comprime con sus férreos tentáculos los espacios ecológicos y sostenibles.

La Europa que construyó el proyecto de la modernidad, sin saber curar las patologías en las que derivó, se ha estancado en «un siglo sin luces». La diosa «razón» que surgió con la esperanza de salvar a la humanidad de la revelación divina y del dogmatismo infalible derivó, ya hace décadas, en un racionalismo que por mor de aferrarse únicamente al deductivismo interesado y positivista del cerebro dejó de ver la miseria y las monstruosidades de las dos guerras mundiales, incluidos los horrores de Auschwitz y del GULAG, que sobrecogen a nuestros ojos. Estas calamidades de la Europa del cercano siglo XX obligaron a André Malraux y a otros autores a preguntarse si «el problema que se nos plantea hoy es si en esa vieja tierra de Europa el hombre ha muerto, sí o no».

La Europa que desde 1492 al 1914 se caracterizó por su belicismo y por su absoluta hegemonía sobre el planeta, no tuvo más remedio que aceptar, años más tarde, la descolonización de las tierras que había subyugado. Este aprendizaje forzoso sirvió para recentrarse sobre ella misma, dice Ignacio Ramonet. Podría haber servido para purificarse de su expansionismo desmedido y para encontrar en los verdaderos e íntimos valores de su floreciente cultura humanista la explicación de sus errores; pero no fue así: desde finales de la segunda guerra mundial hasta los años 70 del siglo XX, Europa volvió a conseguir un extraordinario despegue económico que, olvidándose de otras necesidades propias y, sobre todo, ajenas, devino en un consumismo insostenible, explotador de la madre Tierra y causante de estrés y de depresiones psíquicas mal avenidas con el desarrollo humano e integral. Una civilización de la abundancia emuladora de la «american way» cuyas pompas y vanidades se añoraban.

Retornó la crisis económica en 1973 por el encarecimiento de los precios del petróleo. Esta crisis se propagó a la demografía. En 1939 la población europea representaba el 18,4% de la población mundial. En 1998, sólo representó el 10,2 %, y en el año 2000 no fue más que un 8,4%. De nuevo se desacreditaron la cultura y los intelectuales, al apuntarse muchos de estos personajes al carro del triunfalismo y a la cómplice defensa de aquellos indefendibles errores pasados. Ante este panorama no es extraño que la cultura europea haya zozobrado y, en buena medida, siga zozobrando en lo que Michel Serres ha denominado «el desastre educativo global» de las sociedades contemporáneas. Una guerra fría de 44 años de duración desangró a Europa y a Occidente en pleno, malgastando en carreras armamentísticas presupuestos económicos que, sin duda, se necesitaron en aquel entonces para impedir la bancarrota de la URRS, o para paliar problemas sociales de países que en la actualidad acusan el golpe de una pésima política, por guerrera, corrupta y esquilmadora de la naturaleza en sus distintas esferas.

1989 supuso una esperanza para abolir el totalitarismo, la guerra de culturas y civilizaciones, el expolio del Tercer Mundo por medio de la deuda externa y el colonialismo económico de las naciones extra-europeas. Pero no ha sido así. En contra de la reconciliación entre la historia y la moral, añorada por el escritor Václav Havel, a la que la «revolución de terciopelo» en Praga, la caída del muro de Berlín y el fin de la tiranía en Bucarest podrían haber dado lugar, Europa volvió a despreciar la ocasión, sin aprender las lecciones de la vida. En vez de esa posible reconciliación, más bien parece que los 70 millones de masacrados en el periodo de entreguerras hubieran surgido a la faz de la tierra pidiendo venganza. Y, en efecto, venganzas existieron en la antigua Ex-Yugoslavia. Sólo en la guerra de Bosnia se destaparon insoportables escenas de civiles machacados por una violencia que produjo 140.000 muertos, 70.000 mutilados, 3 millones de refugiados. El ensayista George Steiner habla de la puesta en marcha de «la máquina del castigo». Nuevo fracaso de la Ilustración y despectivo abandono de una nueva sociedad que podría haber surgido sobre los nobles muros del sueño europeo, basado en las virtudes de la democracia, la ética y la responsabilidad. En su defecto, continuaron los seculares vicios de la búsqueda del beneficio a cualquier precio, la implantación del odio salvaje que aniquiló el evidente y enriquecedor mestizaje, el sentido comunitario y el respeto al otro a través de un requerido y pacifista interculturalismo.

La Unión Europea, entonces reducida a la Unión de los 12, dejó pasar, indiferente, la ola del terror y, cual otro «Godot» de Samuel Beckett, nunca llegó al lugar de la tragedia. «Sangre y suelo», como nuevo dogma del malhadado proyecto moderno, nacionalismos excluyentes y etnocentrismos tribales reavivaron, por contra, con su afilada espada de ignorancia y de intransigencia, la exclusión de los más pobres ¡Europa miserable, envuelta en sus desencuentros!, podríamos decir remedando a Machado.

Siguiendo esos tristes pasos hemos llegado hasta el presente siglo XXI. Nos encontramos con un muerto al alcance de la mano y sin embargo necesitado de resurrección. Políticos, intelectuales, sociólogos y posibles refrendos de los ciudadanos en próximos «referendos» han solicitado o podrán seguir solicitando la reconstrucción de Europa. Es necesario salvar la cultura, se dice desde Bolonia a Berlín, a lo largo de las sucesivas reuniones de las universidades europeas. Es urgente reconstruir el Espacio Europeo de Educación Superior.

¿Qué Europa?, preguntamos desde este editorial los responsables de esta revista ¿La Europa desfondada de valores? ¿La Europa excluyente de solidaridad? ¿La Europa olvidadiza de lo que no es Europa y que se debate entre la subsistencia y el hambre, en el mundo explotado y de fronteras creadas al azar por la Europa antaño dominadora? ¿O una Europa futura, cimentada en su mejor pasado, inclusiva y tolerante, solidaria y preocupada por eliminar la socavación de los países pobres, a quienes ella, en unión con otras naciones de Occidente, empobreció?

Y también nos preguntamos a nosotros mismos y a la comunidad universitaria española y europea: ¿Qué Universidad proyectamos? ¿A qué proyecto europeo queremos responder? ¿Al proyecto europeo de la lógica del mercado o al proyecto, aún por hacer, de la Europa de las comunidades y de la interculturalidad? Si es a éste último, podremos afirmar que no habrá sido un esfuerzo en vano el realizado por el presente número de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP), por el «XI Congreso de Formación del Profesorado» (organizado por esta revista junto con la Escuela Universitaria de Magisterio de Segovia), y por los responsables de esas dos entidades, que han asumido el compromiso de presentar, en este número de la RIFOP, las ponencias pronunciadas en el escenario congresual. Porque estamos convencidos de la Universidad proyectada desde Bolonia a Berlín, sólo será defendible y beneficiosa para la cultura y la humanidad, si sirve para levantar en Europa un proyecto justo, universalmente solidario e intercultural. Si, al contrario, la Universidad proyectada se pone al servicio de una Europa sin proyecto, o con un plan injusto e insolidario, de poco o de nada servirá la construcción del Espacio Europeo de Educación Superior.

El Consejo de Redacción