MARTES, 18 DE JUNIO DE 2019 





4 (3,1)

ABRIL 1989

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

¿HACIA UN MODELO EUROPEO DE FORMACION DEL PROFESORADO?

Muy probablemente, si son ciertos los rumores que circulan, para cuando vean la luz estas notas ya se conocerá el dictamen del Consejo de Universidades en relación con las directrices globales de los nuevos planes de formación del profesorado. Por supuesto, si es cierta esta suposición, nos congratularemos abiertamente porque, al menos, sabremos todos a qué atenernos y así podremos lanzar nuestros dardos aprobadores o reprobadores hacia alguna diana concreta, en lugar de seguir dando palos de ciego como hasta ahora. En cualquier caso, en una Revista como ésta no tenemos más remedio que ir abriendo surcos y cimentando el terreno. Y en esta ocasión, dado que España acaba de estrenar la Presidencia de la Comunidad Europea (en realidad, habría que decir de la comunidad europea liberal-capitalista, pues la Europa socialista no está representada), centraremos nuestro punto de mira en el horizonte del mítico año 1992.

Si, como se dice, es cierto que a partir del año 1993 puede existir un trasiego libre y legal de profesionales desde unos a otros países de esa parte de Europa, entre los que cabría incluir a los profesores, lo lógico es pensar que para que dicho trasiego sea igualitariamente multidireccional se necesitará que se cumplan algunos requisitos previos, tales como los siguientes: que los planes de estudio tengan unas orientaciones semejantes en todos los países, bien a nivel institucional, bien a nivel curricular; o que sean homologados por sendas comisiones nacionales, independientemente del nivel institucional de los estudios (por ejemplo: diplomatura universitaria o licenciatura) y de sus bases curriculares teórico-prácticas.

De entrada, hemos de advertir que, a pesar de no ser expertos en el tema, nos preocupa extraordinariamente que el Consejo de Universidades pueda abordar las directrices básicas de la formación inicial del profesorado sin tener en cuenta ese horizonte europeo, tal y como ha ocurrido con el diseño elaborado por el grupo de expertos conocido como "Grupo XV". Por ello, vamos a ofrecer a continuación unas ideas sueltas, con el único objetivo de que sirvan de base a las reflexiones profundas que suponemos tendrán que llevar a cabo los correspondientes ponentes del Consejo de Universidades antes de ofrecer esas líneas directrices a la consideración de la sociedad española.

Desde nuestro punto de vista, pensamos que es necesaria una formación inicial de todo el profesorado no universitario de idéntico rango académico, a nivel de licenciatura, aunque con diseños curriculares muy distintos y flexibles, capaces de permitir una adecuada formación, tanto en las disciplinas de especialización como en las básicas de tipo psicopedagógico, como igualmente un dominio amplio de dos idiomas europeos, además del de la lengua materna.

Evidentemente, lo lógico sería que ese dominio de los idiomas extranjeros se adquiriera mucho antes de entrar en la Universidad. Sin embargo, como estamos convencidos de que pueden pasar muchos años todavía sin que ese objetivo se cumpla, pensamos que habría que introducir en todos los planes de estudio universitarios posibilidades reales de que el futuro licenciado domine concienzudamente, a nivel funcional, algún idioma extranjero.

Por lo que se refiere a la estructura curricular, entendemos que sería conveniente diseñar una Licenciatura específica en Profesorado (no nos parece adecuado denominarla "Licenciatura en Educación Escolar"), que contemplara las siguientes especialidades: profesorado de escuelas infantiles (exclusivamente de tipo bio-psicoópedagógico), profesorado de enseñanza primaria (una mitad de tipo psico-pedagógico y la otra mitad orientada al dominio de las áreas curriculares de dicho nivel), profesorado de enseñanza secundaria (un tercio de tipo psico-pedagógico y los otros dos tercios restantes orientados al dominio de las disciplinas curriculares de dicho nivel).

Por otra parte, un planteamiento semejante al que acabamos de citar exigiría la desaparición de las actuales Facultades de Ciencias de la Educación, de las Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado, y de los Institutos de Ciencias de la Educación. Tales instituciones tendrían que insertarse en unos nuevos centros superiores de formación del profesorado, semejantes a aquella hipotética "Facultad de Educación" diseñada por el M.E.C. en 1.984, en los que tendrían cabida la docencia y la investigación en Psicología Evolutiva y de la Educación, en Pedagogía General y Comparada, en Historia de la Educación, en Didáctica y Organización Escolar, en Orientación Escolar, en Educación Especial, en Métodos de Investigación Educativa y en la Didáctica de las distintas áreas y disciplinas curriculares de los niveles no universitarios.

Asimismo, resulta claro que los aspirantes a la obtención de esa nueva licenciatura no tendrían más remedio que cursar sus estudios en diferentes instituciones universitarias, bien en los Centros Superiores de Formación del Profesorado exclusivamente, bien en Facultades y Escuelas Técnicas durante un ciclo universitario y durante el resto de sus estudios en estos nuevos centros que preconizamos, pudiendo continuar los cursos de doctorado y/o de especialización a nivel de postgrado en tales centros o en los correspondientes de los restantes países europeos.

Lógicamente, si se pretende que el profesorado europeo pueda ejercer sus funciones en cualquier país, habrá que disponer de los recursos jurídicos y materiales necesarios, capaces de permitir el intercambio fluido de estudiantes y de profesores y la convalidación automática de tales estudios en todos los países, al menos los de tipo psico-pedagógico.

Somos conscientes de que ese nuevo alineamiento que preconizamos en la formación del profesorado no universitario exige una implantación progresiva y gradual. Por ello, entendemos que el gobierno español debe aprovechar este tiempo de Presidencia de la Comunidad Europea para sentar las bases, comenzando por aprobar unas directrices para nuestro país de nuevas titulaciones y de planes de estudio que permitan su aceptación en el ámbito internacional europeo, para después potenciar que en los restantes países se haga algo parecido, sin merma de las idiosincrasias y especificidades culturales nacionales y regionales. Aunque parezca difícil, estimamos que ambos polos (similitud institucional y curricular y respeto a las particularidades culturales nacionales y regionales) pueden y deben ser armonizadas jurídicamente.


EL CONSEJO DE REDACCIÓN


Nota: Mientras estaba componiéndose este número, el Consejo de Universidades ha hecho públicas las directrices a que haciamos referencia en el Editorial. Por desgracia, se han cumplido nuestros temores. No obstante, esperamos y deseamos que esas directrices sean modificadas sustancialmente durante el tiempo en que van a ser sometidas a debate público. Dado que ya nos es imposible comentarlas en este número, prometemos hacerlo extensamente en el próximo.