| 50 (18,2) | AGOSTO 2004 |
ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646 |
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Editorial
Freire y la Pedagogía Crítica hoy
Ante los cambios que se están produciendo, durante estos últimos años, en la teoría y práctica educativa, muchos colectivos han logrado abrir un gran espacio para la crítica, que está provocando acciones transformadoras.
En primer lugar, la pedagogía crítica analiza hoy la sociedad de la información y del conocimiento, ocupándose de estudiar las desigualdades que se están produciendo en ella. Tras una primera etapa, que se desarrolló entre los años setenta y 1995, estamos, actualmente, en una segunda fase de esta nueva sociedad, muy lejos aún de ser igualitaria. La cruda realidad es que no todas las personas tienen, hoy, las mismas posibilidades de acceso a la información, ni han recibido la formación adecuada para seleccionarla y procesarla, ni están formadas en las competencias que se precisan para desenvolverse en ella. En la primera fase de esta nueva sociedad, las expectativas sobre los grupos más excluidos fueron muy bajas. Durante ella, los agentes educativos consiguieron enseñar unos mínimos, pero no fueron capaces de proporcionar los conocimientos necesarios para la inclusión social y laboral de los sectores más desfavorecidos, condenados, como siempre, a viajar en el furgón de cola; a instalar su tienda en las tierras áridas del abandono y del olvido.
Es verdad que a partir de 1995, momento en que se inicia la segunda fase de esta nueva sociedad, el sistema educativo, la administración, las instituciones públicas, los movimientos sociales..., se plantearon como objetivo intervenir sobre la desigualdad generada en la primera fase, con el fin de construir una sociedad de la información y del conocimiento para todos y todas, capaz de extirpar el cáncer del analfabetismo tradicional y de eliminar, también, el analfabetismo funcional e informacional. Se trata, sin duda, de un avance, ya que el macrosistema en su conjunto, y el sistema educativo en particular, pueden jugar aquí un papel fundamental, siempre que sean capaces de promover las competencias necesarias para vivir la vida con dignidad, y para eliminar todo tipo de exclusión social.
Un avance que, sin embargo, llega tarde para los más desfavorecidos, para aquellos que han tenido la desgracia de recibir una educación deficitaria, que no se ocupó de potenciar tales competencias; una educación convertida, así, en elemento de riesgo y en condición de fracaso para determinados grupos sociales, obligados a vivir en situación de marginalidad, de la que podrían haber sido alejados con una intervención educativa adecuada. De ahí que sea necesario promover una formación que haga posible la adquisición de competencias que garanticen la inclusión social, que facilite el aprendizaje instrumental necesario, en las mejores condiciones posibles, allá donde se encuentren los sectores de población más desfavorecidos y más susceptibles de sufrir cualquier tipo de exclusión social.
Y en este contexto, un problema añadido. La impotencia, y a veces la desidia, de los profesionales de la educación, que se quejan de que se les ha encomendado una responsabilidad muy compleja y difícil de asumir, toda vez que el éxito educativo no depende únicamente de ellos, sino de otros muchos factores externos. Una queja aceptable, al menos en parte, pero que no puede servir de escudo protector para rehuir la gran responsabilidad que la sociedad actual ha asignado a educadores y profesores.
En otro orden de cosas, la educación vive hoy sumida en una larga y profunda crisis, que no acaba de superar, y que se manifiesta en un amplio abanico de interrogantes sobre su papel, su finalidad, su utilidad, sus dimensiones, su ubicación... Estamos buscando, desde hace tiempo, los nuevos sentidos, cometidos y funciones de la educación dentro de nuestra sociedad, así como el papel que tienen que desempeñar los profesionales y agentes de formación para su desarrollo. Para superar esta larga crisis es necesario seguir reflexionando críticamente sobre los principales problemas de la educación en el presente y en el futuro inmediato. Es decir, sobre la orientación de los educandos a nivel de procesos de desarrollo individual, académico y profesional; sobre la formación en los valores y en la convivencia, en el contexto de la creciente pluralidad de formas de vida; sobre la elaboración de una síntesis que dote de razón y sentido a los mensajes e informaciones acumulados a través de todas las formas de culturización existentes; sobre las conexiones de la educación con el complejo y arriesgado mundo de la sociedad de la información...
Este proceso de reflexión crítica se está centrando actualmente en una nueva consideración de los valores sociales (los modelos de familia, las relaciones humanas, el comportamiento sexual, la convivencia en un contexto de pluralidad de etnias y culturas, la vivencia de la dimensión religiosa, la concepción del desarrollo económico...), que han experimentado una transformación importante y que continúan en evolución. Se trata de desarrollar la pluralidad de valores en la igualdad de las diferencias, como nos plantea la concepción crítica denominada la “sociedad del riesgo”. Esta última caracterización de la sociedad actual sugiere que estamos en una fase de desarrollo en la que los riesgos sociales, políticos, económicos e individuales tienden a escapar, cada vez más, de las instituciones y de la protección social. Se acrecienta la incertidumbre en el ámbito de los valores sociales, y también de los valores pedagógicos.
Vivimos, así, sumergidos en una crisis de valores que nos lleva, precisamente por la incertidumbre, a la búsqueda anhelante de valores que nos sirvan de guía para resolver las situaciones de elección, aunque luego, en la vida real, nos enfrentamos al riesgo insistente de tomar las decisiones en función de nuestros intereses, y no de nuestros valores.
Finalmente, se está produciendo también una situación esperanzadora, que cada vez alcanza una mayor dimensión en el mundo actual. La configuración de la sociedad desde abajo, desde la iniciativa social, en la que la opinión pública, los movimientos sociales, los grupos de expertos y la gente trabajadora cobra un protagonismo necesario y hasta imprescindible. Desde esta realidad se están abriendo nuevos caminos para la interacción, el diálogo, el encuentro y el consenso necesario para avanzar en muchas cuestiones sociales que tenemos planteadas en la actualidad. Se está constatando un avance del incremento del sentido dialógico en las diferentes sociedades, que se refleja en el hecho que esté siendo posible la convivencia, el diálogo y la reflexión compartida en grupos heterogéneos y plurales, formados por personas de diversas edades, culturas, personalidades, creencias, principios, concepciones, capacidades, habilidades y opciones.
En este contexto, la pedagogía crítica, con sus aportaciones al análisis y superación de las desigualdades sociales y educativas, se enfrenta a las mismas a través de la elaboración de la teoría, y del desarrollo de prácticas educativas trasformadoras. Por esta razón, es preciso que en este momento nos preguntemos qué podemos aportar, desde esta perspectiva, al debate social que se está desarrollando sobre cómo lograr una educación de calidad para todas las personas. Y aquí cabe aludir también a las aportaciones que se pueden hacer, desde la misma óptica, al proceso de construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, en el que se van a definir las características, las competencias, las cualidades y los elementos constitutivos de la formación académica de los futuros maestros y maestras, de las educadoras y educadores sociales, y del resto de los agentes formativos del futuro.
Observando el horizonte desde la atalaya de la pedagogía crítica, y volviendo nuestra mirada al pensamiento de Paulo Freire, el pedagogo de la liberación, proponemos el recurso al valor de la autonomía, frente al contravalor de la sumisión. Esta vuelta al análisis y a la reflexión sobre las propuestas de Paulo Freire y la consideración de las múltiples aplicaciones que se han realizado de las mismas, en procesos de educación en general, en el ámbito de la educación de personas adultas, en procesos de desarrollo comunitario, en la dinamización de grupos o colectivos de iniciativa social, en diversos movimientos sociales..., nos enriquecen y nos aportan nuevos argumentos para pronunciarnos a favor de un sistema de formación de los profesionales de la educación de corte freiriano, y de una teoría y una práctica pedagógica progresista y favorecedora de la autonomía de los educandos. En esta línea se mueve el monográfico que ofrecemos en el presente volumen de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado.
El Consejo de Redacción