MIÉRCOLES, 19 DE JUNIO DE 2019 





36 (13,3)

DICIEMBRE 1999

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

ATENCION A LA DIVERSIDAD VERSUS DESINTEGRACION SOCIAL

A punto de traspasar el umbral del tercer milenio, categorías como democracia, igualdad, libertad, integración..., parecen perfilar una imagen tranquilizante, equilibrada y amable de nuestro "planeta azul"; la imagen de una sociedad libre, justa, inclusiva, solidaria, no jerarquizada y plural; una imagen que apenas concuerda con el caos imperante en nuestra aldea global, víctima de los viejos procesos duales de dominación y subordinación. Justamente por ello creemos necesario continuar reivindicando el pensamiento crítico y seguir trabajando en pro de la vieja utopía de un nuevo orden social, realmente justo y solidario.

Las desigualdades son un producto social. La construcción simbólica de los procesos duales de dominación y subordinación tiene siempre lugar en el contexto de unas relaciones sociales de poder; en ellas, determinados paises y grupos se convierten en superiores, construyendo a otros como inferiores. De esta forma los grupos o paises dominantes, situados en el vértice de una estructura social jerarquizada, han terminado por marginar y desintegrar socialmente a más de la mitad de la población mundial, víctima de la "exclusión": un concepto clave para entender la creciente descomposición del tejido social.

Víctimas de la exclusión son todos aquellos seres humanos a quienes se niegan los beneficios de las instituciones sociales; bien sea por razón de clase, género o raza; bien como consecuencia de diferencias físicas, psíquicas o sensoriales; o bien por cuestiones de índole religiosa, política, económica o social. El caso es que nuestro siglo finaliza bajo el signo de un nuevo (des)orden mundial, sumergido en un caos de violencia física y estructural; y dominado por todo tipo de injusticias, desigualdades, explotaciones y formas de discriminación política, económica y social: riqueza del norte frente a la pobreza del sur; guerras fratricidas; campos de refugiados; exclusión total o parcial de determinadas categorías de población: mujeres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, gentes afectadas por cualquier tipo de discapacidad; analfabetismo; desempleo; niños de la calle y de la guerra; explotación infantil; habitaciones de la muerte; millones y millones de niños y niñas mal escolarizados, o simplemente sin escolarizar...

De esta forma, numerosos pueblos, grupos y personas terminan siendo víctimas de la exclusión: privados de educación y salud; marginados de la esfera productiva; excluidos de los beneficios de una ciudadanía efectiva; eliminados de los círculos de poder y toma de decisiones; y abocados por todo ello a una nueva exclusión -la del desarrollo posible-, peor aún que las anteriores por su alcance temporal, al quedar comprometida la supervivencia de las futuras generaciones por las exclusiones de hoy.

Como ya dijo Durkheim, la escuela desempeña funciones de socialización política y de control social: legitima el orden establecido; socializa a las jóvenes generaciones en la cultura, normas y valores dominantes; proporciona fuerza de trabajo cualificada, contribuyendo de esta forma a la selección y jerarquización social. Pero también desempeña funciones de innovación, cambio y progreso social, fomentando la capacidad crítica frente a la realidad existente y haciendo posible su superación. De esta forma, la educación es uno de los mecanismos más influyentes sobre el desarrollo y oportunidades vitales de los seres humanos, además de un instrumento fundamental para las reformas sociales, e incluso uno de los objetivos más destacados de las mismas. Por eso la escuela ha ocupado siempre un lugar privilegiado en la lucha contra todo tipo de desigualdad; especialmente contra las más sangrantes: las de clase, las de raza, las de género y las de capacidad.

Y es así como la escuela, en su lucha por romper con la dialéctica de la dominación/subordinación, ha intentado abrir puertas que permitan acabar con las lacras de la desigualdad, la marginación, la exclusión y la desintegración social. En un primer momento, la escuela excluyó a los grupos subordinados: trabajadores, minorías étnicas, mujeres, discapacitados. Posteriormente les sometió a una escolarización segregada: escuelas populares para los trabajadores; escuelas raciales para las minorías étnicas: gitanos en España, negros o hispanos en Estados Unidos...; escuelas femeninas para las mujeres; y escuelas especiales para quienes padecen alguna discapacidad: sordos, ciegos, personas con algún déficit psíquico o mental. En un tercer momento, hace unas tres décadas, numerosos Estados iniciaron importantes reformas del sistema escolar: coeducación, integración, comprensividad..., comenzando así una nueva etapa (brillante o mediocre, según los casos), en la lucha por la igualdad. Finalmente hoy, tras treinta años de reformas comprensivas, son muchas las voces que se levantan en favor de un sistema escolar y social inclusivo, capaz de integrar a todos los niños y niñas a nivel educativo, físico y social. Como decía Jefferson "no hay nada más alejado de la igualdad que tratar de igual modo a seres diferentes". Por ello la escuela inclusiva, un valor emergente que implica un importante cambio de perspectiva en las políticas de integración escolar, libra hoy una nueva batalla: la de la una escuela para todos y atenta a la diversidad. De esta forma, la escuela inclusiva supone el fin de las aulas de educación especial, aunque no de los apoyos necesarios para que todos los alumnos y alumnas alcancen, dentro del aula ordinaria, aquellos objetivos curriculares que resulten más ajustados a sus características, necesidades y posibilidades de desarrollo educativo, personal y social.

La escuela inclusiva destaca, por otra parte, los valores positivos de la diversidad: descubre y analiza las diferencias étnicas, culturales, de género, religiosas, sociales..., así como las de destreza y capacidad; y enseña a comprender esas diferencias y a respetar y valorar la enorme riqueza que encierra la diversidad. Estimula finalmente el pensamiento crítico, permitiendo que los estudiantes comprendan las causas más profundas de las desigualdades sociales, para que así puedan luchar por una sociedad nueva, más justa y solidaria; en la que no haya espacio para el clasismo, el racismo, el sexismo..., ni para cualquier otra forma de segregación, discriminación o exclusión social.

En este contexto cobran pleno sentido las palabras con las que hemos iniciado este Editorial: "Atención a la diversidad versus desintegración social"; un objetivo a cuyo servicio hemos puesto este número monográfico de la revista.

EL CONSEJO DE REDACCION