MARTES, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2010 





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AGOSTO 2000

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

UNIVERSIDAD Y DOCENCIA AL FINAL DEL MILENIO


Este número que aparece ahora, lo hace al final del año 2000, final de siglo y  milenio, circunstancia que mueve al editorialista a relacionar el tema de esta monografía (La formación del profesorado universitario) con “el corto” siglo XX. Las preguntas, que intentaremos responder, saltan a la vista: ¿Qué ha hecho la Universidad en este “corto” siglo XX?, ¿Cuáles han sido sus sombras, cuáles sus luces?, ¿Cómo se puede avanzar en la lucha por una ciencia comprometida ante la vida?

Llamamos “corto” al siglo XX porque, según algunos autores, como Ramonet, abarca tan solo, en sentido propio, el período comprendido entre 1917 y 1991: Sus grandes hitos se encuentran enclavados entre una revolución que empezó con el enardecimiento de la muchedumbre proletaria, buscando la cobertura de sus necesidades, y la caída del muro berlinés, que limpió la vergüenza del rostro de Europa y de Norteamérica. Lo que hubo delante o vino después pertenece a otro siglo ideológico.  La Universidad, a lo largo de estas décadas del “corto” siglo XX, ha proyectado uno de sus mayores avances en la historia de la humanidad. Sus luces brillan en el descubrimiento de los antibióticos, la radioactividad, la física nuclear, la microelectrónica y los avances en física cuántica y biotecnología. Ha dejado también su impronta en el desarrollo de los servicios tecnológicos, los transportes y las comunicaciones: Se ha pasado del ferrocarril y de los sistemas de tracción animal, a los automóviles, los aviones y los viajes espaciales, y de la telegrafía sin hilos a los teléfonos móviles, internet y la TV por satélite. Otro aspecto desarrollado gracias a la contribución de la ciencia y de la tecnología ha sido el incremento de la industrialización, que ha ayudado a generar mayor riqueza y recursos abundantes.  En el ámbito político, por otra parte, las ciencias sociales y la formación sociocultural, que muchos universitarios han aprendido en las aulas, han sido uno de los instrumentos que han permitido saltar desde aquel exiguo 10% de países independientes de principios de siglo, a la conquista de la independencia por parte de casi todas las naciones del mundo. Mientras a principios de siglo no se había implantado aún el sufragio universal, ahora se ha universalizado el derecho al voto y se ha puesto fin al colonialismo, viviendo tres cuartas partes del mundo en regímenes democráticos. En 1948 se proclamó la Declaración de Derechos Humanos, ratificados, hoy día, por más de 140 países. Se ha adquirido, así, una concepción más plena del derecho a la ciudadanía social, que abarca el acceso al trabajo, a la seguridad personal y al bienestar social. Y, aunque haya que matizar la calidad y el grado de todos estos avances y conquistas (sobre todo a la hora de su puesta en práctica), es bueno admitir el relevante papel de la ONU, llamada a cumplir con el rol de foro político mundial.

Pero junto a estas luces hay que hablar también de sombras, que la Universidad no ha sabido contrarrestar, disminuir o eliminar. En efecto, uno de los principales puntos negros que han ensombrecido nuestro siglo es la existencia de desigualdades extremas, tanto en lo que hace referencia a aspectos sociales, como a situaciones políticas y civiles de ámbito internacional: Mientras que los países industrializados no dudan en destruir alimentos para mantener al alza los mercados, sigue sin erradicarse el hambre en el mundo, permitiendo de esta forma que multitud de personas se mueran de hambre; la cota de empleo no solo no aumenta, sino que disminuye, como consecuencia de que se prima el beneficio económico frente a la estabilidad personal y familiar; las condiciones de trabajo no reúnen, en muchos casos, los requisitos mínimos que exige el respeto a la dignidad de las personas; se suceden, una tras otra, guerras fratricidas, guerras sin sentido, causantes de millones de muertos. Y así se podrían seguir detallando un sinfín de miserias y tragedias provocadas y protagonizadas por personas que, en la mayor parte de los casos, se han formado en las aulas universitarias.

Ante este panorama, cabe preguntarse qué responsabilidad actual tiene la Universidad. No queremos caer en una actitud ni de víctimas ni de verdugos. Si bien es cierto que debemos atribuir al conjunto de la sociedad estos descabellados efectos, no cabe la menor duda de que dentro de ese conjunto está la Universidad. Y está no de cualquier manera, sino de una forma muy relevante. Por ella pasan cientos de miles de estudiantes. Personas, hombres y mujeres, que tendrán puestos importantes de responsabilidad en la industria, en el ejército, en las empresas, en las instituciones bancarias, sociales, culturales, políticas, religiosas, etc. Precisamente en aquellas instituciones que rigen la economía, la riqueza, la legitimación del sistema, la interpretación de las leyes; aquellas instituciones de donde dimanan las órdenes de los bombardeos, o donde se diseñan los armamentos más mortíferos.  No cabe duda que la ciencia crea la tecnología y ésta se aplica según las mentalidades de los hombres. Si éstos piensan para la paz, obrarán pacíficamente. Si piensan para la guerra, verán con buenos ojos la fabricación de armas que terminan matando.  La Universidad ha creado monstruos y magníficos benefactores de la humanidad. El siglo XX que termina nos ha legado ejemplos de ambos bandos: Martín Luther King, Beltrand Russell, Gandhi, Madame Curie, Simone de Beauvoir, Einstein, Cajal o Teresa de Calcuta…  entre quienes han puesto sus investigaciones, sus conocimientos o su vida al servicio de la sociedad. Otros, como Hitler, Musolini, Stalin o Milosevic… entre quienes han llevado a la humanidad a despeñaderos que sólo han traído consecuencias nefastas para la convivencia y para el desarrollo. 

Nos toca evaluar, hoy, la labor de la Universidad y de los intelectuales en general. ¿Ha sido suficiente con transmitir contenidos? ¿La Universidad se ha conformado tan sólo con instruir, relegando a segundo plano su función formadora? ¿O se ha ocupado también de infundir un sentido a la vida de sus alumnos? Esta última opción significa que la figura del profesor universitario debe estar cerca de la de un educador, de un "maestro" que no se conforma con transmitir solamente contenidos, sino que transciende esa simple tarea, añadiendo la función de crear personas con actitudes solidarias, con capacidades de reflexión y de crítica, con dominio de procedimientos para transformar la realidad social, de forma que los estudiantes pasen desde un estado de anonimato, apatía y pasotismo a otro de compromiso con la realidad injusta, para cambiarla a la luz de los derechos humanos que, como ya dijimos, suponen la quintaesencia de una ética solidaria, aceptada por más de 140 países.  Para crear actitudes, valores, capacidades, destrezas, hábitos y un talante sociocrítico hay que dar el salto de un profesor que sólo sabe algo, al que sabe enseñar ese algo. Entendiendo la palabra “enseñar” como un concepto ubicado en el conjunto de las ciencias de la educación. Se trataría de enseñar educando, lo que requiere una formación psicopedagógica que permita conocer a Juan, antes que conocer el programa que hay que exigirle a Juan. El monográfico que se publica en este número quiere apuntar en esta dirección. Su elección no ha sido por capricho, sino por una necesidad sentida. Con frecuencia, los estudiantes universitarios saben utilizar las herramientas, pero no saben “para qué” usar la técnica, y los profesores, frecuentemente también, no saben “para qué” enseñar, de manera que solo aprenden, los primeros, para emplearse, y sólo instruyen, los segundos, para que sus alumnos salven el bache de los exámenes y se promocionen profesionalmente. Pero, ¿no debería ser también la Universidad un espacio que favorezca e impulse la promoción humana de sus estudiantes? Estamos ante una pregunta de enorme relevancia educativa, cuyo desarrollo constituye el campo esencial de la Psicopedagogía. Enseñar educando, he aquí la clave para que los profesores universitarios dejen de ser meros funcionarios que investigan y enseñan, para convertirse en sujetos comprometidos con la creación de valores humanos. He aquí los cimientos de un modelo diferente de Universidad , de un modelo que si triunfara en nuestro país y en otros muchos permitiría, tal vez, que disminuyesen las sombras del siglo venidero y aumentasen sus luces. Algo bien distinto a lo que ha ocurrido en el “corto”, pero trágico siglo XX, el siglo de la acumulación globalizada.

EL CONSEJO DE REDACCIÓN