MARTES, 18 DE JUNIO DE 2019 





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AGOSTO 2003

ENGLISH ABSTRACTS INSIDE ISSN 0213-8646

Editorial

La Revolución de los Campus

Los planes de reforma para alcanzar la convergencia europea ya están en marcha. De aquí al 2010, el concepto de Universidad que hoy conocemos se irá transformando paulatinamente. Los títulos universitarios de cerca de mil universidades de cuarenta países europeos estarán perfectamente sincronizados.

Estamos de hecho ante el mayor reto colectivo con que se ha enfrentado la Universidad en Europa a lo largo de su historia. Un reto lleno de luces, pero también con sombras: Cuyos objetivos fundamentales son la homologación de las titulaciones y ¿la mejora de la calidad?, pero que por su enfoque elitista y competitivo puede terminar subordinando la educación al mercado. Así las cosas, quienes hacemos esta revista creemos que la mejora de la calidad exige, en primer lugar, que la Universidad se comprometa de forma efectiva con la formación de los estudiantes, contribuyendo así a que éstos se conviertan en personas. En personas libres, democráticas, tolerantes, respetuosas, críticas, solidarias, comprometidas, ilustradas, creativas, habilidosas y felices. En personas educadas y maduras, capaces de conocer y hacer, pero también de convivir y ser. La calidad de la Universidad exige, además, otras muchas cosas: La excelencia en investigación y docencia, la revolución de sus métodos de enseñanza y aprendizaje, la superación del enciclopedismo, la mejora de la formación psicopedagógica de su profesorado, la incorporación en aulas, laboratorios y despachos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, el fomento de la movilidad de profesores y estudiantes, y la atención individualizada a estos últimos. La calidad pasa también por una Universidad pública, democrática y socialmente justa; transparente a nivel de gestión y recursos; cuyos objetivos y logros sean sometidos a revisión permanente mediante un triple sistema de autoevaluación, comparación y acreditación; más flexible y diversificada a nivel de estructuras; generadora de recursos; promotora del desarrollo local; capaz de adecuarse al mercado, pero también de evitar el riesgo de ser engullida por él; competente, más que competitiva. Abierta, finalmente, a la formación continua, frente a una realidad con cambios bruscos y acelerados que exigen renovación permanente. Podríamos decir, en síntesis, que la calidad universitaria exige una buena reputación y que ésta requiere, a su vez, disponibilidad de recursos y un buen clima en los Campus a nivel de gestión, investigación y docencia. Y que sus objetivos no son otros que promover la renovación de la sociedad; analizarla y valorarla críticamente; construir y transmitir conocimientos; estimular la igualdad de oportunidades para todos los jóvenes en edad universitaria; extender su oferta educativa a todo el ciclo vital; y proporcionar oportunidades para el desarrollo personal y profesional de los estudiantes.

Parece que en la era de la información y el conocimiento, Europa se decide por una reforma progresiva y de largo alcance. Una reforma que afecta al futuro de más de millón y medio de jóvenes universitarios españoles. Y que debe armonizarse, en lo que a nosotros concierne, con la LOU (Ley Orgánica de Universidades) y con la LOCE (Ley Orgánica de Calidad de la Educación), las dos reformas con las que el Partido Popular ha regulado recientemente nuestro sistema educativo. Y claro, no resulta fácil encajar el discurso anterior con estas dos leyes. Así que España está aún muy lejos, a pesar de Bolonia, de convertir la enseñanza superior en un referente de calidad. Nos queda mucho camino por recorrer en cuanto a inversiones en educación e investigación, y también en cuanto a objetivos políticos: Hoy invertimos un 5,7% del PIB en educación, menos que en los primeros años noventa; y un 0,96% en investigación, una cifra importante, pero aún muy alejada del resto de los países de economía avanzada en actividades de I+D. En cuanto a la LOU y la LOCE, marco general que regula nuestro sistema educativo y que define sus objetivos políticos ¿Qué podemos decir? Pues que la LOU y la LOCE han sido «impuestas» por el rodillo parlamentario del Partido Popular, y que, sin menoscabo de sus aspectos positivos, nos retrotraen a tiempos pretéritos.

Que la LOU ha supuesto un paso atrás en el camino hacia una Universidad pública, democrática y socialmente justa. Que mina la autonomía y democracia universitarias. Que carece de un plan de financiación. Que potencia los órganos jerárquicos y unipersonales, frente a los democráticos internos. Que precariza la carrera docente. Que convierte el acceso de los estudiantes a la Universidad en una carrera de obstáculos. Que margina a estudiantes y PAS en los órganos de gobierno. Y que, finalmente, estimula la privatización de la enseñanza superior y favorece a la empresa privada, facilitando que los beneficios de la investigación reviertan sobre ella. En lo que se refiere a la LOCE, señalábamos hace un momento que la convergencia europea pretende estimular la igualdad de oportunidades para todos los jóvenes en edad universitaria. Un objetivo que exige políticas sociales e intervención temprana, pues todo ser humano se viene jugando la igualdad, la de oportunidades y la de resultados, desde su más tierna infancia. Y a pesar de ello, la LOCE comienza por relegar la etapa cero/tres a la categoría de lo preescolar (lo previo a lo escolar, lo que no es escuela), sacando el primer ciclo de la educación infantil del sistema educativo y subrayando el carácter asistencial de la intervención en las primeras edades. Olvida así que todo ser humano es sujeto de derecho desde el momento de su nacimiento y que la educación es uno de sus derechos fundamentales. Por lo demás, la LOCE no parece contribuir demasiado a la configuración de un modelo educativo democrático y socialmente justo, que es en todo caso el que ha defendido esta revista a lo largo de toda su trayectoria. Muy al contrario, la LOCE restablece la organización jerárquica de los centros, entorpeciendo relaciones y aprendizajes. Promueve la división de éstos en centros basura y centros de elite. Privatiza la educación. Abre la puerta a la peligrosa conversión de los centros públicos en guetos. Reimplanta una concepción autoritaria de la función directiva.

Habla de instruir y seleccionar, y rechaza la educación y la comprensividad. Saca los transversales del sistema. Promueve, en secundaria, los itinerarios jerarquizadores; y sustituye, cínicamente, el sistema comprensivo por el sistema de oportunidades, fomentando así el racismo, el clasismo, la discriminación y la segregación del alumnado, especialmente cuando se refiere a inmigrantes y a estudiantes con necesidades educativas especiales. Olvida así que no hay listas de invitados en nuestra Tierra. Que estamos todos invitados a vivir en este planeta y que nadie tiene más derecho que otro a estar en él. Restringe la participación de la comunidad educativa en el ideario de centro y en los proyectos educativos, facilitando así la presión y el control ideológico del trabajo que se desarrolla en los centros educativos. Toma partido por la cultura dominante, reservando el silencio del currículum ausente para el resto de culturas presentes en las aulas. Bajo el paraguas de la cultura del esfuerzo da cobijo a la ideología de la tolerancia cero, abriendo así la puerta a soluciones y respuestas punitivas; y a la inflexibilidad y el exceso en la aplicación de las normas. Confunde autoridad con poder y obediencia con disciplina. No explicita una concepción de persona ni de sociedad, ni define cuál es el objetivo de la educación en este tiempo de migraciones, de cambios en las fronteras, de reparto injusto de la riqueza, de nuevas formas de comunicación y de necesidad urgente de solidaridad y de reflexión crítica y ética. Finalmente, convierte a los estudiantes en únicos responsables de todos los males de la escuela, en chivos expiatorios, en pacientes designados, sin cuestionar para nada las raíces culturales, estructurales y sistémicas del malestar escolar. Y entre unas cosas y otras deja vía libre a la criminalización de la pobreza y de los colectivos sociales más desfavorecidos.

Volviendo de nuevo a la ¿Revolución de los Campus?, quedan otros muchos hilos por atar dentro del Espacio Europeo de la Educación Superior. La convergencia europea pretende una estructura de estudios similar en casi mil universidades de cuarenta países de Europa, que permita movilidad, reconocimiento, legibilidad y acreditación, y que garantice un buen nivel académico de todas la titulaciones reconocidas. Unos objetivos que se sustentan sobre tres grandes pilares: El suplemento al título, el crédito europeo y una estructura común de las titulaciones con dos niveles: grado y postgrado. Aprobados ya en España el suplemento al título y el crédito europeo, la polémica en estos momentos se centra en cómo se configurarán las titulaciones dentro de esa estructura común. Y hay muchas preguntas aún sin respuesta a este nivel, algo que inquieta y preocupa a la comunidad universitaria española, a tenor de las políticas expeditivas a que nos tiene acostumbrados el partido gobernante: ¿Cómo será el nuevo mapa de titulaciones de la Universidad española? ¿Habrá titulaciones únicas por área? ¿Qué títulos desaparecerán? ¿Cuáles se unirán en el título de grado? ¿Qué diseño tendrán las futuras carreras? ¿Y qué duración? ¿Todos los titulados de grado serán licenciados, ingenieros o arquitectos? ¿O se cometerá el error de mantener, al margen de la convergencia europea, la titulación de diplomado? ¿Qué configuración final tendrán los estudios de Postgrado: los masters y el doctorado?… Estas son algunas de las cuestiones pendientes de resolver. Nos enfrentamos en todo caso a una nueva regulación de los Campus que terminará provocando cambios ¿profundos? en la Universidad, y que va a exigir nuevas formas y estilos pedagógicos en sus aulas, seminarios, laboratorios y despachos. Por todo ello necesitamos una Universidad nueva para una sociedad también nueva (la sociedad de la información, la comunicación y el conocimiento; pero también la del mal reparto de la riqueza, la del pensamiento único y la del miedo que paraliza…), algo que exige necesariamente un nuevo modelo de profesor. La calidad de la Universidad depende en gran medida de la formación humana, científica y psicopedagógica de su profesorado. Y por eso la Universidad necesita profesores competentes y comprometidos con su profesión. Bien formados en las materias que explican y capacitados para la investigación, pero también con una buena formación inicial como docentes; y dispuestos a la autoformación permanente; capaces de trabajar en equipo; reflexivos; con sensibilidad social y con una buena inteligencia emocional. Y dispuestos no sólo a informar, sino también a generar valores humanos en los estudiantes y a estimular su pensamiento crítico. ¡He aquí un campo insuficientemente cultivado por la Universidad!, el de la formación psicopedagógica de su profesorado. Un campo que es necesario cuidar, puesto que de poco servirían todas las reformas que vienen, si las profesoras y profesores que trabajamos en las aulas universitarias no somos capaces de enganchar a nuestros alumnos y alumnas al inagotable placer del conocimiento, única forma de que la Universidad pueda ser vivida por todos como el espacio físico y social más genuino no sólo para investigar, sino también para aprender y enseñar. Y matizando de nuevo lo de aprender: Aprender a hacer y conocer, pero también a convivir y a ser. He aquí la esencia de la misión pedagógica de las profesoras y profesores universitarios.

El Consejo de Redacción